Nino Montreau miraba por la ventanilla del avión de primera clase con los ojos muy abiertos. Mientras las nubes quedaban atrás, él no podía dejar de pensar en lo irónico que era el destino. Recordaba perfectamente el día que Valeria Montenegro desapareció de Manhattan; recordaba el sobre con aquel dinero miserable que Leonid le había dejado como si fuera una propina, y cómo ella, con toda la dignidad del mundo, lo había rechazado. Quizás no fue la cantidad (que no era poca en realidad) sino el