—En tal caso —comentó Sofía con energía—, llegaremos tarde. ¿Te importaría seguir conduciendo? —Alzó las manos para intentar quitarse el collar—. Y, de verdad, no puedo aceptar un regalo tan caro.
—¡Cielos! Si creías que pensaba obtener tu cuerpo a cambio, te equivocas —asentó mientras ponía en marcha el motor furioso—. ¡Así que, te lo ruego, conserva el collar! ¡De lo contrario, lo tiraré a una alcantarilla! ¡O Vende esas malditas perlas si he ofendido tus principios!
Como Sofía descubrió que