—No le debe haber gustado para nada que lo traicionara.
—¡Por supuesto que no! Por eso tuvimos que ponerle una trampa. Néstor sabía dónde, Arturo escondía las armas y las drogas. Yo hice una llamada anónima a la policía. Meses después, cuando estábamos huyendo, nos enteramos por la prensa que lo habían sentenciado a treinta años de prisión. Fue un alivio.
—¡Wow! Siempre me describiste a Néstor como un hombre tranquilo, amoroso y protector. Que me cuesta imaginármelo trabajando para un tipo como