María se asomó al mediodía en su oficina.
—¡Hola jefa! Vamos a almorzar.
—Si un momento, déjame terminar esto—dijo tecleando.
Luego María le dijo en voz baja.
—¡Que tal! El jefe Ernesto, tan amable, dulce y educado. ¡Tan cuchi! ¡Que me provoca llevármelo para mi casa como mi osito de peluche!
Sofía se río y le dijo.
—Es casado.
—Ya lo sé, yo respeto eso. Solo estoy bromeando.
Vicente pasó casi una semana afuera y los días transcurrieron si novedades. Ni Amelia, ni Antonio se dejaron ver