—Tengo mi propio auto, Sebastián. No voy a subir —protestó Kateryn, intentando dar un paso atrás, pero sus palabras murieron en el aire.
Sebastián no esperó una segunda negativa. Con un movimiento rápido, la tomó del brazo. Su agarre no fue violento, pero sí lo suficientemente firme y autoritario como para dejarle claro que no aceptaría un "no". Kateryn sintió la fuerza de sus dedos sobre su piel y, al ver la oscuridad absoluta en sus ojos, eligió no luchar. Sabía que una escena pública solo