Kateryn empujó la puerta de madera de su oficina y entró. Al cruzar el umbral, el aire pareció congelarse. Allí, sentado con absoluta naturalidad detrás de su escritorio, estaba Sebastián.
Su figura imponente y la fría elegancia que irradiaba en la penumbra del despacho hicieron que a Kateryn le temblaran las piernas por un segundo. Tuvo que sostener la perilla de la puerta con firmeza para no flaquear. Al escucharla entrar, Sebastián levantó la vista. La recorrió de arriba abajo con una mira