POV: Dante
El puerto de Jebel Ali no olía a dinero.
Olía a gasóleo quemado, a salitre rancio y a metal oxidado.
Dante Moreno se secó el sudor de la frente con la manga de su camisa, que ya estaba empapada y pegada a su espalda.
Había aparcado su Jeep alquilado a tres kilómetros de distancia, oculto tras una pila de neumáticos viejos.
Ahora, caminaba.
O mejor dicho, se arrastraba entre contenedores de carga gigantes, buscando una sombra que no existía.
—Estás loco, Moreno —se dijo a sí mismo—. D