POV: Catalina
El cuarto de seguridad de la galería parecía un búnker bajo ataque.
Layla estaba sentada en una silla, llorando en silencio, con la elegancia rota de una estatua caída.
Vivienne caminaba de un lado a otro como una leona herida, apretando el teléfono contra su pecho.
Zara estaba hecha un ovillo en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, murmurando en yoruba y portugués.
El aire olía a pánico.
—¡Nos ha vendido! —gritó Vivienne, deteniéndose frente a mí—. ¡Te lo dije, Catalina! ¡