POV: Vivienne
El internado Le Rosey en Suiza era un castillo de cuento de hadas.
Torres medievales. Jardines perfectamente cuidados. Lagos cristalinos.
Pero para Vivienne Delacroix-Salib, había sido una prisión durante tres años. La prisión donde sus hijos habían crecido sin ella.
Hoy, la puerta de hierro forjado estaba abierta.
Vivienne bajó del coche oficial del consulado francés.
Llevaba un abrigo color camel y zapatos planos. No quería parecer una dama de sociedad. Quería parecer una madre.
El director del internado, un hombre suizo con cara de pocos amigos, la esperaba en la entrada principal. Junto a él, dos agentes de la policía cantonal.
Vivienne caminó hacia ellos. Sus pasos resonaban en la grava.
—Madame Delacroix —dijo el director, haciendo una leve inclinación—. Hemos recibido la orden judicial de La Haya.
—Entonces sabe por qué estoy aquí —dijo Vivienne. Su voz no tembló.
—Sí. La custodia ha sido transferida. Sus hijos... sus hijos la están esperando en la biblioteca.
Viv