92. Una hermandad que necesitaba

—Azucena, hija. Espera, por favor.

—¡No quiero hablar con nadie, abuela! —Azucena exclama, desapareciendo hecha un mar de lágrimas en el pasillo que da a la finca.

Aleida la sigue por detrás, con la mano en el corazón, totalmente asustada. Altagracia se acaba de ir acompañada por Rita, y la fiesta terminó siendo un desastre. Los invitados tomaron sus cosas, entre impresionados y conmovidos de molestia por ser parte de éste show. Aleida pudo ver a un Ignacio azotado también por la sorpresa desap
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