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Ana.
"¿En serio estás pensado pedirle eso?", me dice la loba blanca, Ateba, algo que me llena de rabia.
"No eres quién para pedirme explicaciones", le espeto, "por tu culpa estoy obligada a hacer lo que tenga que hacer", le recuerdo, pero ella sigue en su empeño de molestarme.
"Es la idea más ridícula que se te ha podido ocurrir", vuelve con sus reclamos sin sentido.
Como si ella tuviera derecho a decidir algo en mi vida.
"¿Viste la cantidad ridícula de dinero que pretende darme?", me burlo