Intenté apartar la mirada cuando vi que el cordero dejó de moverse entre los brazos de Margaret, pero no pude hacerlo.
Había algo hipnótico y aterrador en aquella escena.
Sin apartar los ojos de ella, vi cómo tomaba un pequeño cuenco de madera y lo alzaba con ambas manos. Dentro aún quedaba casi toda la sangre derramada. Margaret hundió los dedos en ella y, con una calma que me revolvió el estómago, se marcó la frente y el puente de la nariz.
El rojo brillante resaltaba bajo la luz de las veinte