—Como una mierda, si soy sincero. —Se acomodó en la cama con una mueca de dolor—. Los analgésicos ayudan, pero también me dejan agotado todo el tiempo. Últimamente duermo más de lo que estoy despierto, y cuando logro estarlo, tengo ganas de vomitar y no puedo comer nada.
Sentí que la garganta se me cerraba, como si pudiera sentir su sufrimiento en carne propia.
—Lo siento, Liam. Lo siento muchísimo.
—No. —Extendió la mano y tomó la mía—. No te disculpes por algo que no es culpa tuya.
—Pero sí lo