—Algo —respondí sin pensar—. Solía entrenar con los guerreros en...
Mierda.
Me callé de golpe. Había estado a punto de delatarme otra vez. Una palabra más y podría haber revelado quién era realmente, y entonces Alexander podría acabar igual que aquel pobre granjero.
Por mucho que estuviera enfadada con él, no quería verlo morir. Y mucho menos quería que Lucien terminara sin ninguno de sus padres.
—¿En dónde? —preguntó Alexander, lanzándome una mirada de reojo.
—En ninguna parte. En mi antigua ma