Lydia miraba fijamente las flores de luna, con el corazón latiéndole desbocado. Si se negaba a tocarlas, admitiría que había mentido. Pero si las tocaba y no tenía ninguna reacción, la verdad saldría a la luz de todos modos.
Estaba atrapada, sin escapatoria. Sus pupilas se contrajeron de pánico.
—Alfa… hoy no me siento bien…
—Tócalas —ordenó Caleb, con un tono que no admitía respuesta.
Su orden de Alfa no le dejó opción. Lydia extendió una mano temblorosa y rozó un pétalo con la punta de los ded