Benito observaba los movimientos rápidos y cuidadosos de Isabella mientras vendaba su mano. Al inclinarse, sus pestañas largas y ligeramente curvadas temblaban como una flor meciéndose por el viento. Su corazón, sin querer, comenzó a latir más rápido. Era raro verla tan de cerca.
Miró su mano, ya envuelta con dos vueltas de vendaje, y no pudo evitar reír:
—¿No es solo un rasguño? No era para tanto.
—¿Cómo que no era para tanto? —replicó ella, levantando la vista.—Si no se cuida, podría infectars