Isabella tomó al niño de los brazos de Benito, abrazándolo con fuerza contra su pecho.
El niño, extremadamente delgado, parecía solo piel y huesos, tan frágil y vulnerable que su miseria le partía el alma. Su cuerpo desprendía un olor a podrido.
Pero Isabella lo abrazó como si fuera el tesoro más preciado del mundo, dejando que las lágrimas cayeran libremente por su rostro.
El niño no luchó. Parecía una pequeña ave indefensa, atrapada en los brazos de Isabella. Las lágrimas de ella corrieron por