Isabella entró con paso firme y, después de saludar, no pudo evitar sentirse algo desconcertada. ¿Qué le pasaba al vicegeneral Cicero? La miraba de una forma bastante extraña.
Los ojos fulminantes del Rey Benito recorrieron el rostro de Cicero antes de que este soltara una risita nerviosa:
—Bueno, mejor me retiro.
Cicero salió, pero no se fue muy lejos, quedándose a escuchar detrás de la puerta.
—¡Siéntate! —dijo Benito a Isabella, mientras lanzaba una mirada hacia la puerta, donde se escuchaba