—Sí. Era mi única nieta, una niña muy amable. A veces le ruego a la Diosa Luna que me deje verla una vez más antes de morir. —La señora suspiró, y Hana notó cómo su vista se detenía en la marca de Adrien. Ella observó que no era muy antigua, por su aspecto y por el aroma del Alfa impregnado sobre él. —Felicidades. —canturreó con sinceridad.
—Gracias. —Hana le extendió la canasta llena de frutas. La anciana la tomó con gratitud, mostrando un aire cariñoso y pacífico.
—Me llamo Haneul Powell, muc