Y entonces, el mundo a su alrededor se paralizó. Hana no habló, intentado tragar la información que le aturdió en una fracción de segundo. Cabizbaja y sorprendida, no hacía más que tratar de entender la inesperada confesión. Hana no entendía porqué sus lágrimas comenzaron a caer, desde sus ojos hasta su regazo, en un estado de impresión que la mantenía quieta y tensa. El fuerte desengaño que le bombardeó creó un nudo en su garganta.
—Me mintieron...
—No importa que no compartas nuestros genes,