La Omega abrió sus párpados con pesadez, tan cómoda en esa extensa y suave cama que despertar le resultaba todo un reto. Sus orbes cafés miraban la habitación mientras un bostezo salía de su boca. Sentía que estaba en un lugar angelical; la pesadez en su cuerpo no existía y los hematomas más profundos de su cuerpo seguían allí, sin embargo, ya no dolían al más leve toque. El dolor en cada una de sus heridas solía recordarle su realidad y lo que Jackson le haría si no le obedecía; y que ya no si