El eco de mis palabras quedó flotando en la penumbra de la habitación como un bálsamo que poco a poco fue apagando el pánico del ambiente. Amira seguía apoyada contra mi pecho, con los ojos cerrados, pero el temblor que antes sacudía sus hombros pequeños empezó a ceder ante la firmeza de mi abrazo. El calor que compartíamos bajo la manta de lana gris era lo único real en medio de un palacio que afuera seguía conspirando en cada esquina.
La luz del día se colaba por la ventana de piedra, ilumina