La quietud en el ala norte se volvió pesada, cargada de una electricidad que ya no tenía nada que ver con el miedo a las serpientes o las amenazas del palacio. El sol de la tarde pegaba con fuerza contra la ventana, proyectando líneas doradas que cortaban la penumbra del cuarto y calentaban el aire. Amira seguía sentada en el centro del colchón, envuelta en mi capa de seda negra. Sus ojos oscuros, fijos en los míos, brillaban con una mezcla de timidez y un deseo salvaje que ya no intentaba ocul