El eco del portazo aún vibraba en las vigas expuestas de la habitación, dejando tras de sí un silencio espeso, casi asfixiante, que contrastaba con la tormenta de insultos que Layla había esparcido en el umbral. Caminé de regreso hacia el centro del cuarto despojado, sintiendo la frialdad del suelo de piedra bajo mis pies desnudos. Mi torso seguía tenso, las cicatrices de la espalda rígidas por la adrenalina de haber contenido las garras de la cobra del norte. Mis ojos de obsidiana se clavaron