El gran comedor de mármol del ala este estaba bañado por una luz blanca, implacable, que entraba por los altos arcos orientados hacia el desierto. Sobre la mesa imperial de caoba, los cuencos de plata rebosaban de higos frescos, dátiles maduros, pan de sésamo recién horneado y jarras de leche de camella perfumada con cardamomo. Era el escenario de la perfección dinástica, el altar donde el Sultanato exhibía su estabilidad ante los doce ancianos del consejo, quienes ya ocupaban sus asientos de r