Capítulo 80. Eres mía
—Eres mía. Ahora y para siempre —dijo Adrian, con la voz ronca, densa, cargada de una exigencia que ya no podía contener.
La luz del sol de la mañana se filtraba entre las cortinas, iluminando tenuemente el rostro de Aletta, aún sumida en el sueño. Adrian no se movía ni un milímetro. Sostenía su peso con un brazo, mientras que con los dedos de la otra mano recorría la mandíbula de su esposa con una lentitud extrema, como si necesitara comprobar que aquella mujer era real.
Seis meses perdidos, d