No tenía ninguna fuerza, yacía en el suelo como un pez muerto. La oscurecida multitud era como la muerte, cada uno dando un golpe. Lucía convirtió a todos en cómplices, y yo fue echada al infierno absoluto. Desde mis primeros gritos, luchando con todas mis fuerzas, hasta ahora, no puedo mover ni un dedo.
Lucía sonreía viendo mi sufrimiento, muy satisfecha. Pero aún le parecía poco. Dijo a todos:
—Estos ojos me molestan mucho, quién me los destruye, el bono de la próxima trimestral se duplicará.