Mundo ficciónIniciar sesiónLa cena de gala llegó a su punto más alto. Los invitados ocupaban sus asientos alrededor de las mesas elegantemente decoradas. Lucía se sentó al lado de Adrián y trató de mantener la compostura.
Adrián colocó su mano sobre la de ella por un momento. El gesto parecía natural para los demás, pero ella sabía que solo formaba parte del espectáculo. Aun así, el calor de su piel la perturbaba.
Los meseros servían los platos con precisión. Lucía apenas probaba la comida. Su mente seguía dando vueltas a la conversación en el balcón.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián en voz baja mientras cortaba su filete—. Pareces distraída.
Lucía levantó la vista y forzó una sonrisa.
—Solo estoy cansada. Ha sido una semana larga con el proyecto Echo.
Él la observó durante unos segundos. Sus ojos oscuros parecían buscar algo más en su rostro. Luego asintió y volvió su atención a los demás comensales.
Uno de los directivos empezó a contar una anécdota sobre los primeros años de Nexus Corp. Todos rieron en los momentos adecuados. Lucía fingió reír también, pero su corazón latía con fuerza.
De repente, un hombre mayor se acercó a su mesa. Tenía el cabello canoso y una mirada penetrante. Adrián se tensó visiblemente al verlo.
—Navarro, qué gusto verte —dijo el hombre con voz ronca—. Y esta debe ser tu encantadora esposa. He oído mucho sobre ti, señora.
Lucía extendió la mano con educación.
—Es un placer conocerlo.
El hombre la miró con atención.
—Tiene algo familiar en su rostro. ¿Ha estado alguna vez en Londres?
El corazón de Lucía dio un vuelco. Sintió que la sangre abandonaba su cara. Adrián frunció el ceño ligeramente.
—No que yo recuerde de forma reciente —respondió ella con voz tranquila—. Viajé mucho de niña, pero nada importante.
Adrián la miró con curiosidad. El hombre mayor sonrió y cambió de tema, pero el daño ya estaba hecho. Lucía sentía las manos frías.
La cena continuó con normalidad. Adrián participaba en las conversaciones de negocios con su habitual frialdad. Sin embargo, Lucía notaba que él la observaba más de lo habitual.
Cuando por fin subieron al auto de regreso al penthouse, el silencio se volvió pesado. La ciudad pasaba por la ventanilla como luces borrosas.
—¿Conocías a ese hombre? —preguntó Adrián de pronto—. Parecías incómoda cuando mencionó Londres.
Lucía miró sus manos entrelazadas sobre su regazo.
—No lo conocía. Solo me sorprendió la pregunta. Eso es todo.
Adrián no insistió. Apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos por un momento. Lucía lo observó de reojo.
Recordó aquella noche lejana en Londres. La lluvia cayendo con fuerza. El grito ahogado de Adrián cuando lo arrastraban. Su propia voz infantil gritando para distraer a los secuestradores.
Sacudió la cabeza y miró por la ventana. No podía contarle. Todavía no.
Al llegar al penthouse, Adrián se quitó la corbata y la dejó sobre el sofá. Lucía se descalzó con alivio y caminó hacia la cocina por un vaso de agua.
—¿Quieres algo? —ofreció ella—. ¿Un whisky, quizás?
Adrián se acercó lentamente. Se detuvo a solo unos pasos de distancia.
—No. Esta noche no.
El aire entre ellos se sentía cargado. Lucía levantó la mirada y se encontró con sus ojos. Había algo diferente en su expresión.
—A veces siento que me ocultas algo, Lucía —dijo él con voz suave pero firme—. No sé qué es. Pero lo siento.
Ella tragó saliva con dificultad.
—Todos tenemos secretos, Adrián. Incluso tú.
Él dio un paso más cerca. Su perfume masculino la envolvió.
—Tal vez. Pero los míos no afectan nuestro acuerdo.
Lucía sintió una punzada en el pecho. El acuerdo. Siempre volvían a eso.
Se apartó con delicadeza y caminó hacia el pasillo.
—Voy a cambiarme. Buenas noches.
Adrián no la detuvo. Solo la observó marcharse en silencio.
Una vez en su habitación, Lucía cerró la puerta y se apoyó contra ella. Las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo.
Tres años guardando ese secreto. Tres años fingiendo que solo era un matrimonio de conveniencia. Cada día se volvía más difícil.
Se acercó al escritorio y abrió su laptop. Echo estaba en modo de espera. Activó el programa y cargó una vieja grabación de voz de Adrián. El sistema analizó los patrones durante unos minutos. Luego mostró el resultado en pantalla.
"Vulnerabilidad emocional alta. Búsqueda persistente de figura protectora perdida."
Lucía cerró la laptop con manos temblorosas.
—Si tan solo supieras que esa figura soy yo —murmuró en la oscuridad.
Fuera de la habitación, los pasos de Adrián se detuvieron frente a su puerta por un instante. Luego continuaron hacia su propia suite.
El muro entre ellos seguía allí. Pero cada día parecía más frágil.







