Un hombre de unos sesenta años descendió por las escaleras. Vestía un traje impecable y su cabello, entrecano, estaba cuidadosamente peinado.
—Jamás imaginé que Hiram, el hombre que domina el mundo de los negocios, fuera en realidad un romántico empedernido. De haberlo sabido antes, habría actuado mucho antes —dijo riendo a carcajadas mientras se sentaba frente a Hiram, quedando ambos enfrentados a cierta distancia.
Sylvia lo observó un par de veces y lo reconoció: aquel anciano parecía ser el