El señor Armand se sintió algo desconcertado por aquella pregunta y miró al cabecilla de los secuestradores. Este permaneció de pie e hizo un gesto con la mano, pasando el pulgar por el cuello.
—Un solo corte. Con eso, la mujer murió al instante.
—Así que le cortaron el cuello —entendió Hiram.
Estaba sentado allí con una sonrisa en su rostro apuesto, pero, al mirarla con atención, aquella sonrisa no alcanzaba sus ojos. En sus pupilas alargadas se extendía una helada gélida.
Hiram dejó de girar