POV: Sigrid
Desde el inmenso balcón de nuestros aposentos reales, el mundo entero parecía un océano de escarcha teñido por la luz espectral de la luna. La Ciudad Dorada, que alguna vez bullía con el ruido de mercaderes de sedas y patrullas de armaduras lustrosas, ahora yacía en un silencio sepulcral, asfixiada por el terror del escarmiento en la plaza y la agonía de los estómagos vacíos.
Haldor se acercó por detrás, sus pisadas inaudibles sobre el mármol a pesar de su tamaño colosal. Me abrazó