Camino un poco más y cuando creo que he llegado al final, mis ojos se obligan a comprender de qué se trataba.
- ¡Dios mío! -Piso el freno, apoyándome en el muro de piedras.
Mis pies tocan la arena, una arena que llenaba buena parte del suelo, conectando con el mar. El mismo mar que tanto amaba nuestro pueblo y del que yo tenía el privilegio de tener un trocito en mi jardín trasero.
No podía ver el final. Ni siquiera podía mover mi cuerpo con tanta perfección cubriendo mis ojos. Porque allí, no