Respiré hondo, armándome de valor.
Si íbamos a formar parte de la misma familia, no podíamos recurrir siempre a la grosería o la hostilidad. Y eso significaba que una de las dos, o las dos, debíamos dar el primer paso hacia algún tipo de reconciliación.
Si tenía que ser yo la primera en hacerlo, que así fuera.
Una vez recuperada la compostura, me volví hacia ella con una pequeña sonrisa cordial. "Hola, Isabelle", saludé con una reverencia rígida, recordando qué más me había enseñado la Reina