Por un momento, creí captar el sutil movimiento de su mandíbula apretándose, pero desapareció tan rápido como ocurrió.
Si tenía alguna idea de reprenderme, la había abandonado y en su lugar había optado por agachar la cabeza. Verlo rendirse ante mí y ante mi superioridad llenó de inmensa satisfacción a mi bestia interior.
Nicolás, por muy tonto que hubiera actuado, no era idiota.
Así que, después de todo, no tiene deseos de morir.
Nunca había tenido problemas con ese hombre. Teniendo en cuen