Volvieron en silencio.
Era un silencio que no pedía llenarse: no había incomodidad en él, sino densidad, el peso específico de dos personas que acababan de compartir una información capaz de cambiar el tamaño de una conversación y necesitaban tiempo para recolocar los bordes antes de hablar de nuevo. Adriana lo reconoció como el mismo que se instalaba después de las reuniones difíciles en Ginebra, cuando alguien ponía sobre la mesa algo que nadie esperaba y todos fingían procesarlo con serenida