Lo había planeado desde las seis de la mañana.
No era un plan definitivo —Adriana no llamaría definitivo a nada que no tuviera tres rutas de contingencia—, sino una fuga de prueba. Exactamente eso: un experimento para medir el sistema, no para romperlo. Quería ver dónde estaban los bordes reales, los que Franco no había incluido en las cinco reglas porque no había necesitado hacerlo, los que existían en la arquitectura del edificio antes de que nadie los nombrara.
Pasó la mañana siendo una rehé