Mundo ficciónIniciar sesión—Tiene diez segundos para alejarse de mí —dijo— antes de que entre y se lo diga a mi padre.
Franco Zanetti no se movió.
—Su padre ya sabe que estoy aquí —dijo—. Por eso no ha salido a buscarla.
La calma con que lo dijo fue peor que la frase. No había urgencia ni deseo de impresionarla; solo la certeza de quien ya había entrado en el centro de una noche ajena. Y la proximidad de él en esa terraza era un problema diferente al que Adriana había esperado: no era amenaza vulgar. Era presencia. Ocupaba el espacio sin pedirlo, sin moverse demasiado cerca, sin dejar de estar allí.
El viento del puerto movió el dobladillo del vestido. Adriana notó el perfume de él un segundo antes de que su cerebro procesara el dato —maderas, algo oscuro, sin adorno— y lo odió porque no debería importarle.
—Zanetti —repitió, como si el apellido necesitara pasar por la voz para volverse real—. Franco Zanetti.
—Sí.
No hubo vanidad en cómo lo dijo. Solo el dato, limpio, sin ornamento. Y eso resultó más desconcertante que cualquier amenaza directa.
—Lo que tenga que decirle a mi familia puede decírselo a mi padre directamente.
—Ya lo intenté. Hace cuatro años. Dos años antes también. La primera vez tenía veintidós y un abogado que no llegó a la segunda reunión.
—¿Y eligió esta noche? ¿Este salón?
—La elegí a usted.
La respuesta fue tan inmediata que le provocó una reacción física antes que intelectual: algo en el pecho, demasiado bajo, demasiado rápido. No era miedo. Tampoco halago. Era algo peor: el reconocimiento de que él lo había dicho sin intención de seducirla, lo cual lo volvía infinitamente más peligroso que si lo hubiera intentado.
Lo odió al instante por la precisión. Durante un segundo el tiempo entre ambos pareció quedar suspendido en un punto demasiado quieto, y Adriana sintió rabia al notar que su cuerpo registraba ese silencio antes que su razón.
—Soy la menos indicada. No manejo nada en la empresa familiar.
—Lo sé. —Franco giró apenas la cabeza hacia el interior del salón—. Precisamente por eso.
Adriana sostuvo su mirada.
—Explíquese.
—El apellido De la Vega creció sobre los cimientos de otro apellido. Rutas, permisos, concesiones. No fue una quiebra. Fue una operación.
Adriana notó que había bajado la copa sin decidirlo. Sus dedos en el cristal frío eran el único dato concreto del momento.
—Y su madre lo sabía.
La frase no entró de inmediato. Primero sintió el tirón seco debajo del esternón. Después el sonido del cuarteto, demasiado lejos. Después una imagen mínima e inútil: la bufanda gris de Mara doblada en un cajón que Beatrice había mandado cerrar una semana después del funeral.
Tuvo que tragar dos veces antes de asegurarse de que la respiración seguía funcionando.
—Mi madre murió hace doce años.
—Sí —dijo Franco—. Eso es lo que le dijeron.
—Está mintiendo —dijo.
—Sí. Podría estar haciendo eso.
No lo negó ni lo confirmó. Le devolvió la posibilidad al espacio entre ambos.
—¿Qué quiere? —preguntó.
—Esta noche, nada. Esta noche vine a que me viera. Para que cuando ocurra lo demás no sea un desconocido.
La frase debió sonar solo a amenaza futura. Sin embargo, quedó entre los dos con otra temperatura. Adriana sintió rabia al entender que lo iba a recordar aunque quisiera lo contrario. Y fue peor cuando él bajó la vista un instante —un solo instante, mínimo, casi nada— y sus ojos tocaron su boca antes de volver a los de ella.
No fue intención.
Pero tampoco fue accidente.
Adriana abrió la boca para responder y notó, en ese momento, lo que no podía nombrarse sin volverse inadmisible: que la incomodidad que sentía no era solo rechazo. Era otra cosa más perturbadora. La certeza de que ese hombre la había estudiado el tiempo suficiente para saber exactamente por dónde entrar, y que una parte de ella encontraba eso más difícil de ignorar que cualquier amenaza directa.
No era que Franco Zanetti le gustara.
Era que la veía.
En el único lugar que había intentado esconder.
—¿Cuando ocurra lo demás? —dijo.
—Sí.
—No sé qué clase de juego cree que está jugando —dijo—, pero se equivoca si piensa que voy a ayudarlo.
—No vine por ayuda. Vine por oportunidad.
—¿La mía o la suya?
—Las dos.
Adriana abrió la boca para responder y en ese momento escuchó los pasos. Los reconoció antes de girarse: el peso específico de un hombre que ha aprendido que el suelo le pertenece.
Tomás de la Vega cruzó el umbral de la terraza.
—Zanetti. No sabía que estabas en la lista.
—No estaba —dijo Franco.
Tomás asintió. No había sorpresa en su cara. Había cálculo.
—Adriana, Gael te está buscando. Quiere presentarte a los Valcourt antes de que se vayan. No conviene hacerlo esperar esta noche.
—Claro —dijo Adriana.
Se giró para entrar. La mano de su padre rozó su codo, apenas, para guiarla hacia la puerta, y en ese medio segundo escuchó la voz de Franco, muy baja, dicha en el espacio exacto entre ella y el umbral:
—Su madre no murió como le contaron.
Adriana no se detuvo.
Pero cuando cruzó de nuevo al salón y la música del cuarteto volvió a envolverla y las caras de ciento veinte personas giraron brevemente hacia ella, entendió que esa frase no sonaba solo a amenaza.
Sonaba a la única cosa que nadie en ese salón le había dicho en toda la noche sin pedirle nada a cambio.
Y lo más peligroso no era el contenido.
Era que Franco Zanetti, el enemigo de su apellido, se la había dicho de espaldas a su padre, en voz demasiado baja para que nadie más la oyera, como si lo que importaba no fuera que Tomás lo supiera.
El silencio posterior a la frase de Franco no la dejó en paz cuando volvió al salón. Gael seguía cerca del fotógrafo, sonriendo con la paciencia de quien cree que una promesa pública equivale a una posesión privada, y Tomás conversaba con dos hombres del puerto como si la noche ya hubiera cumplido su propósito. Adriana sostuvo la copa sin beber y entendió que su primera victoria no sería huir ni desmentirlos allí mismo. Sería no dejar que la frase de Franco la volviera visible para los demás antes de tiempo. Por eso sonrió cuando Gael se acercó de nuevo, permitió que la sala creyera que seguía dentro del papel que le habían asignado y guardó el apellido Zanetti en un lugar distinto al miedo. Si él quería que lo viera, lo había conseguido. Lo que no sabía era que Adriana también había aprendido a mirar de vuelta.
Sino que ella sí.







