Adriana encontró a Lorenzo en el pasillo del ministerio.
Estaba junto a la ventana que daba al patio interior, con la carpeta bajo el brazo y el teléfono en la mano, aunque no lo estaba mirando. Cuando ella se acercó, lo guardó con ese gesto suyo que no era ocultamiento, sino reconocimiento de que lo que seguía merecía atención completa.
—Gracias —dijo Adriana.
Lorenzo la miró.
—No tienes que agradecerme.
—Lo sé. Lo hago igual.
Estuvieron un momento en silencio. El patio interior de ese edifici