Bianca llegó cuando Adriana ya estaba en la sala.
Franco había querido recibirla solo. Adriana había dicho que no con la misma tranquilidad con que decía no a todo lo que empezaba a parecerse demasiado a una decisión tomada en su nombre: sin levantar la voz, sin argumento largo, solo el no y la mirada que lo sustentaba.
—No como esposa celosa —había dicho Adriana—. Como parte directamente afectada por lo que ella firmó.
Franco había aceptado. No de buen grado, pero había aceptado, que era lo im