Adriana tomó el teléfono antes de que Franco pudiera ver la pantalla.
No fue un gesto brusco ni una fuga. Fue la velocidad precisa de alguien que había aprendido que la información tenía más valor antes de compartirla que después, y que en esa guerra la primera persona que leía un mensaje también era la primera en decidir cuánto poder iba a concederle.
Franco la miró.
No preguntó nada, pero lo registró todo: el teléfono en su mano, la rapidez del movimiento, el cambio mínimo en su respiración. A