La Rehén de Mónaco:secuestrada por el enemigo de mi apellido
La Rehén de Mónaco:secuestrada por el enemigo de mi apellido
Por: Renata Caglioni
Capítulo 1: La noche perfecta

El vestido era color marfil con una línea de pedrería en el escote que Beatrice había elegido esa mañana sin consultarle nada.

Adriana lo sabía porque lo encontró colgado en su armario cuando regresó del aeropuerto, con una nota escrita en el papel de carta de la villa: Esta noche, impecable. Tres palabras. Sin firma. La firma nunca hacía falta.

Ahora estaba de pie en el salón dorado del Hotel de Paris, con una copa de champán que no había pedido y que tampoco iba a terminar, rodeada por ciento veinte personas que miraban sin mirar, que hablaban sin decir nada y que sabían exactamente para qué habían sido convocadas. Mónaco no guardaba secretos; los administraba. Y esta noche la familia De la Vega tenía algo que administrar.

—Estás radiante —dijo Beatrice al pasar junto a ella, sin detenerse, sin girar la cabeza. Solo los labios moviéndose apenas, como si la frase fuera para sí misma. Era su manera de decir: no arruines esto.

Adriana sonrió hacia el centro de la sala. Lo hacía desde los dieciséis años.

Al otro lado del salón, su padre terminaba de saludar al presidente del Yacht Club con esa presión exacta en el hombro que reservaba para los hombres que le debían algo. Tomás de la Vega no abrazaba: investía. Cada gesto era un depósito o un cobro, y esta noche —Adriana lo había entendido en el avión, antes de aterrizar, antes incluso de ver las luces del puerto— era noche de cobro.

Dos meses en Ginebra terminando el posgrado. Dos meses fuera del tablero. Y la primera noche de regreso, un vestido elegido por otra mujer colgado en su armario.

Gael Robles apareció a su derecha con la puntualidad de quien ha ensayado la entrada.

—Adriana. —Le tomó la mano con una familiaridad que no le había dado. Labios fríos en los nudillos. La mirada un segundo demasiado larga, calibrando el efecto—. Has vuelto.

—Eso parece —dijo ella.

Él sonrió. Era el tipo de hombre al que le iba bien la sonrisa porque no llegaba nunca a los ojos, y eso en ciertos círculos pasaba por sofisticación. Su padre era Esteban Robles, que aparecía en tres patronatos distintos de Mónaco y en ningún registro penal, que era exactamente el tipo de limpieza que se compraba aquí.

—Tu padre quiere presentarnos antes del brindis —dijo Gael, como si estuviera leyendo un guion—. Para que sea más natural.

Natural. La palabra le rozó algo debajo del esternón.

—Claro —dijo Adriana.

La sala olía a dinero viejo, a flores de invernadero y al perfume idéntico de mujeres que se habían vestido para ser vistas por los hombres correctos. El cuarteto de cuerdas tocaba en el extremo norte del salón. Las arañas de cristal multiplicaban la luz hasta volverla irrespirable. Adriana conocía ese salón desde los doce años y nunca había sentido que le perteneciera, pero esta noche era distinto: esta noche era el escenario.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba cerca de los ventanales que daban a la Place du Casino, con una copa en la mano que tampoco iba a terminar —eso lo reconoció de inmediato, ese gesto exacto, la copa como objeto social sin propósito real— y no miraba la sala de la forma en que todos los demás miraban la sala. No buscaba negocios ni alianzas ni a alguien a quien impresionar. La miraba a ella.

No con el escrutinio de quien evalúa. Con algo más quieto y más peligroso: con la concentración de quien ya sabe lo que va a hacer.

Adriana apartó la vista.

Es alguien que no conozco, se dijo. Alguien del entorno Robles, quizás. o alguien del puerto.

Pero la sensación de que él seguía mirando no se fue.

—Adriana. —La voz de su padre llegó desde el centro de la sala, calculada para ser escuchada en el radio correcto, ni demasiado alto ni demasiado bajo. Tomás De la Vega nunca levantaba la voz. Controlaba el volumen como controlaba todo lo demás—. Ven.

Ella cruzó el salón. El vestido se movía bien, la pedrería captaba la luz en los ángulos correctos; Beatrice sabía lo que hacía. A su izquierda alguien murmuró algo y alguien más respondió con una risa suave. A su derecha, el embajador, de no sabía qué país, la siguió con la mirada. Cada paso era visible. Cada paso era el punto.

Su padre la recibió con un beso en la mejilla que duró exactamente lo que debía durar para parecer afectuoso ante veinte testigos.

—Estás perfecta —dijo, en voz baja, que era su forma de decir: no me decepciones esta noche.

Beatrice estaba a su lado con una sonrisa que llevaba horas construyendo. Gael se colocó junto a Adriana con esa naturalidad ensayada que ya conocía. El fotógrafo —habían contratado un fotógrafo, claro que lo habían contratado— se movió dos metros a la izquierda para encuadrar mejor.

Al fondo del salón, en la mesa que flanqueaba la entrada al salón privado, Gael se inclinó sobre un papel. Un hombre de traje oscuro —notario, por la cartera y el gesto de quien certifica en lugar de negociar— esperaba con el bolígrafo ya en posición. El intercambio duró menos de un minuto. Beatrice se desplazó un paso a la derecha en el momento justo, interponiendo su espalda entre esa mesa y Adriana.

Fue tan preciso que casi parecía casual.

Adriana lo archivó sin entender todavía qué era lo que acababa de ver.

Tomás levantó su copa.

—Amigos —dijo, con esa voz que llenaba los salones sin esfuerzo aparente—, esta noche celebramos el regreso de mi hija a Mónaco. Y aprovecho para compartir algo que me llena de orgullo: Adriana y Gael han decidido formalizar su relación.

El aplauso fue breve, educado, exacto. Así aplaudía esta gente.

Adriana sostuvo la sonrisa.

No había decidido nada. Nadie le había preguntado nada. Había aterrizando horas antes con el recuerdo del frío del lago Leman todavía en la piel y había encontrado un vestido colgado en su armario y ahora estaba de pie en el Hotel de Paris siendo presentada como la prometida de un hombre al que había visto seis veces en su vida.

Gael posó la mano en su espalda. Ligera. Propietaria.

Adriana no se movió.

El fotógrafo disparó. Beatrice inclinó la cabeza con una satisfacción que solo era visible si sabías buscarla. Tomás ya estaba volviendo al siguiente apretón de manos, al siguiente depósito, porque su trabajo aquí había terminado.

Ella alzó la copa. Bebió. El champán sabía exactamente igual que siempre.

Fue veinte minutos después, en la terraza que daba al casino, cuando salió a respirar.

El aire de marzo en Mónaco olía a sal y gasolina cara. Las luces del puerto llegaban desde abajo, blancas y quietas. Arriba, el cielo no tenía estrellas visibles — demasiada luz artificial, siempre había demasiada luz artificial — pero la oscuridad entre los edificios era real.

Escuchó pasos detrás de ella.

—Si sube al coche familiar esta noche —dijo una voz—, perderá la última decisión que le queda.

Adriana se giró despacio.

Era él. El hombre de los ventanales. De cerca tenía menos años de los que aparentaba a distancia, o quizás era otra cosa: una concentración que envejecía el gesto, pero no la cara. Miraba con los ojos de alguien que ha medido cada variable antes de abrir la boca.

—No sé quién es usted —dijo ella.

—Zanetti —dijo él. Y esperó.

Adriana reconoció el apellido una fracción de segundo antes de que la frialdad le llegara al estómago.

—Tiene diez segundos para alejarse de mí —dijo, con una precisión que le sorprendió incluso a ella— antes de que entre y se lo diga a mi padre.

Franco Zanetti no se movió.

—Su padre ya sabe que estoy aquí —dijo—. Por eso no ha salido a buscarla.

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