Punto de vista de Aria
Un dolor sordo y persistente en el bajo vientre me despertó de un sueño ligero e intranquilo. Abrí los ojos lentamente, con la tenue luz gris que se filtraba a través de las pesadas cortinas. La habitación estaba demasiado quieta, demasiado silenciosa. El silencio mismo se sentía como una amenaza. En cuanto lo noté, mi pulso se aceleró frenéticamente. Mis manos volaron instintivamente hacia la dura protuberancia de mi vientre, presionando cuando el bebé se movió bruscamente dentro de mí. No fue un suave aleteo; fue un movimiento fuerte y repentino, un golpe o una patada que me erizó la piel con una nueva oleada de ansiedad.
La puerta se abrió sin hacer ruido. Elisa entró con una pequeña bandeja de madera que contenía un tazón de caldo claro y un vaso de agua. Se movía con cuidado, casi disculpándose, pero no me importaban sus modales ni sus intenciones.
—No lo quiero —dije de inmediato, con la voz ronca por el sueño pero afilada por la desconfianza. —Llévatelo.