Tragué saliva con dificultad. La verdad dolía, pero ya lo sabía. Oírla en voz alta solo la hizo más real: sólida, inamovible, como un muro que de repente se cernía sobre mí.
La expresión de Elisa no vaciló. No tenía miedo, solo… firme. Controlada. «No te revisaremos a menos que lo pidas», continuó, con un tono tranquilo que casi me irritaba. «Pero si sientes algo raro —un dolor, sangrado, lo que sea— debes decírmelo inmediatamente. Por el bien del niño».
El niño.
Lo único que no podían quitarme