Tragué saliva con dificultad. La verdad dolía, pero ya lo sabía. Oírla en voz alta solo la hizo más real: sólida, inamovible, como un muro que de repente se cernía sobre mí.
La expresión de Elisa no vaciló. No tenía miedo, solo… firme. Controlada. «No te revisaremos a menos que lo pidas», continuó, con un tono tranquilo que casi me irritaba. «Pero si sientes algo raro —un dolor, sangrado, lo que sea— debes decírmelo inmediatamente. Por el bien del niño».
El niño.
Lo único que no podían quitarme.
Lo único que querían usar para controlarme.
Sostuve su mirada, sin pestañear. «Si alguien me toca sin permiso», dije con voz baja y firme, «lo mataré. No me importa quién sea ni qué órdenes tenga».
La tensión entre nosotras se hizo palpable.
Elisa no se inmutó. Asintió una vez, como si esto fuera exactamente lo que esperaba de mí. «Te creo», dijo simplemente. «Y me aseguraré de que nadie se acerque tanto».
Por un instante, ninguna de las dos nos movimos. La luz de la vela parpadeaba sobre su r