Punto de vista de Aria Elisa caminaba delante de mí con pasos silenciosos y controlados. El pasillo se sentía más frío que el aire exterior; las paredes, gruesas y pesadas, parecían absorber todo sonido. El aire olía a madera pulida y a algo más, algo metálico y penetrante: aceite de armas. Miraba por encima del hombro cada pocos segundos, esperando que alguno de los guardias de abajo nos siguiera. Esperaba oír pasos, sentir una amenaza materializándose a mis espaldas, ver una sombra acercándose demasiado.
Nadie nos siguió.
Pero sus miradas desde abajo me habían atravesado como cuchillas, y el recuerdo me heló la sangre.
Elisa aminoró el paso un poco y habló en voz baja sin volverse. «Señora Aria… es mejor que no mire a los hombres a los ojos. Lo consideran un desafío».
Me detuve en seco. La orden en su tono me hirió los nervios. —Si alguno de ellos me toca —dije con voz firme y seca—, les romperé los dedos. Me da igual lo que piensen.
Giró la cabeza lo justo para verme de reojo. No m