Punto de vista de Aria. Las pesadas puertas se cerraron tras de mí con un último estrépito metálico que vibró en las suelas de mis zapatos. Sentí un nudo en el estómago. Todos mis instintos me gritaban que no debía estar allí, que había entrado en una jaula dorada. Me sentía tensa, como un resorte a punto de estallar, lista para luchar o huir. Me presioné la mano contra el vientre y el bebé dio una patada brusca, un movimiento repentino que resonó como un eco de mi propio pánico.
Caminó un poco más adelante, sin mirar atrás, seguro de que lo seguiría. Y lo hice, porque ¿qué más podía hacer? Unos hombres permanecían en las sombras de la imponente casa; su presencia, silenciosa pero amenazante, gritaba peligro. Sus ojos me seguían, calculadores, indescifrables. Uno de ellos, más alto que los demás, se adelantó desde un pilar del porche, levantando la mano como para guiarme por el codo.
—No me toques —espeté, retirando el brazo de un tirón antes de que pudiera alcanzarme. Mi voz fue más