Punto de vista de Aria
Su expresión cambió por completo. La ira no explotó; se condensó. No fue ruidosa ni descontrolada. Simplemente parecía… totalmente atónito. Luego soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—Así que en eso has estado pensando —dijo lentamente, entrecerrando los ojos mientras me reevaluaba—. Todo este tiempo. Esta es la carta que tenías guardada.
—No —dije, negando con la cabeza—, en eso deberías haber estado pensando tú. Me trajiste aquí sin siquiera preguntarme, sin la menor duda. Fuiste tan arrogante.
—¿Y crees que no te conozco? —preguntó, dando un paso lento hacia mí.
—No me conoces en absoluto.
Acortó la distancia entre nosotros, deteniéndose a escasos centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo, percibir el aroma limpio de su piel. La cercanía era abrumadora.
—Te equivocas —dijo con voz grave y ronca. —Esta casa me dice quién eres. Y mi casa nunca se equivoca.
—¿Qué demonios significa eso?
—Significa que sé dónde has estado los últimos seis meses —dijo,