Punto de vista de Aria.
Apreté la oreja contra la fría y sólida madera de la puerta del dormitorio, conteniendo la respiración hasta que me dolieron los pulmones. Nada. El pasillo estaba en silencio. Ni un paso, ni un susurro, ni el crujido de una tabla del suelo. Estaba muerto, silencioso, vacío. Bien.
Me temblaban las manos. Estiré los dedos y miré la herramienta que sostenía: unas pequeñas y afiladas tijeras médicas que había robado del carrito de limpieza de Elisa antes, cuando ella estaba de espaldas. El metal se sentía frío y resbaladizo en mi palma sudorosa. Deslicé la punta en la cerradura. Era un mecanismo antiguo, no un cerrojo moderno. Había una posibilidad.
Seguía girando las tijeras, empujando, dando codazos, intentando atrapar el pestillo. El trasto se resbalaba, las hojas rozaban el latón. Mi barriga, redonda y pesada, lo hacía todo más difícil. No podía doblar la cintura correctamente. No podía agacharme para conseguir un mejor ángulo. Ni siquiera podía respirar profun