**Punto de vista de Aria**
No sabía cómo responder a eso. Mis ojos seguían fijos en mi bebé, observando su manita abierta contra mi piel, sus deditos perfectos.
Amaro continuó hablando, suavizando de nuevo la voz mientras nos miraba.
—¿Quién sabe? Cuando crezca, quizá corra por los campos de fresas igual que tú aquel primer día. Metiéndose en líos.
Conseguí soltar una risita pequeña, pero sincera.
—Pero esta vez no se meterá en problemas. Papo le llenará gustoso una cesta entera con todo el campo y se la pondrá en las manos.
Amaro soltó una carcajada baja y auténtica que llenó la habitación silenciosa.
—No te equivocas.
Durante unos minutos, el ambiente se mantuvo cálido, envuelto en sonrisas suaves y observaciones susurradas. Amaro no dejaba de mirarnos a mí y al bebé con una especie de asombro fascinado, como si nunca hubiera visto nada tan cautivador. Y en mi estado agotado y vulnerable, no me molestaba. Se sentía como protección. Se sentía como cuidado.
Pero entonces su expr