Su teléfono, que había sobrevivido al caos, vibraba insistentemente sobre la alfombra. Ella lo ignoró.
La rabia alcanzó su punto máximo, se elevó y luego se desplomó, dejándola vacía y temblorosa. Cayó de rodillas sobre el suelo frío, en medio del reluciente desastre de su propio lujo. Presionó con fuerza las palmas de las manos contra sus ojos, intentando contener las lágrimas. Pero estas llegaron de todos modos: lágrimas calientes, furiosas, de una derrota absoluta. Su cuerpo se sacudía con s