Edward Sutton dejó la copa sobre la mesa de caoba, observando a Arthur lleno de fascinación y desprecio intenso. La revelación de que Valentina no era biológicamente una Fairchild no era solo un escándalo; era un misil teledirigido al corazón de los Westerfield.
—¿Verónica sabe esto? —preguntó Edward, entornando los ojos—. ¿Sabe que ella es la única con el derecho de sangre en esa casa?
Arthur negó con la cabeza lentamente, manteniendo una expresión impasible, casi gélida.
—No. Ni ella, ni Vale